La crisis económica incita a los titulares de PI (y a sus abogados) a buscar protección

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Por Liza Porteus Viana para Intellectual Property Watch
NUEVA YORK – A medida que aumenta el valor de la propiedad intelectual en la economía de innovación, son cada vez más numerosos los titulares de PI (propiedad intelectual) que están tratando de proteger sus ideas e innovaciones mediante patentes sobre métodos de negocios, acuerdos internacionales de comercio, patentes relativas a una materia biológica y otros medios de protección.

Pero en medio de la crisis económica que está sacudiendo a los mercados financieros de todo el mundo y golpeando a la clase media, los titulares de PI a menudo deben ponderar los costos y beneficios que implica el hecho de recurrir a la litigación para proteger sus activos de PI. Para muchas empresas, los tiempos difíciles como los actuales son los que hacen que la protección de sus derechos de PI sea aun más clave.

“La propiedad intelectual es nuestro negocio. Si no tenemos PI para conceder a la gente, no tenemos actividad comercial”, explicó el lunes pasado Alexander Arato, abogado general de Computer Associates (CA), durante la conferencia “The Changing Face of IP” (las diferentes facetas de la PI) que celebró el bufete de abogados Foley & Lardner en Nueva York. “No es un lujo, es cuestión de saber cuánto uno está dispuesto a investir”.

Los litigios que tratan reivindicaciones de patentes y demás asuntos de PI son costosos, por eso varias empresas como CA despliegan una estrategia defensiva: sólo participan en la lucha jurídica si se las demanda, lo cual le sucede muy a menudo a una gran empresa de software como ésta en los Estados Unidos.

En materia de rastreo de ciberocupas, a las empresas, en particular las pequeñas, les resulta casi imposible perseguir a cada ocupa que usa su nombre en Internet. Numerosas empresas de marca registrada intentan determinar el alcance de los efectos negativos que un ocupa puede causarle a la marca, si los hay, antes de decidir si utilizan los fondos para combatirlo.

“Dependerá además de cómo el nombre de dominio incorpora la marca”, señaló Sarah Crispi, directora de asuntos jurídicos en Discovery Communications. Si el nombre de dominio sólo está mal escrito o parece bastante inofensivo, es probable que Discovery lo ignore. Pero si parece que el nombre de dominio pretende dirigir el tráfico hacia otro sitio web o perjudicar la marca “seguramente lo perseguiríamos”, añadió.

Asimismo, muchas entidades se encuentran en una situación en la que tienen que defenderse contra los llamados “patent trolls” –gente o empresas que hacen respetar su patente a presuntos infractores de una forma que se puede percibir como excesivamente oportunista–. También se los conoce en inglés como “non-practicing entities” (NPE) –titulares de patentes que no elaboran o utilizan la invención patentada–.

Ciertas críticas ponen de relieve que es demasiado fácil utilizar los derechos de PI con propósitos contrarios a las normas de competencia, como por ejemplo dejar a otra entidad fuera del mercado aun si se considera que la persona titular de la patente es una entidad NPE.

No obstante, F. Kinsey Haffner, vicepresidente de propiedad intelectual y licencias en la empresa de armamentos estadounidense Raytheon Company, explicó que un gran número de patentes de empresas no se utilizan necesariamente con regularidad pero esto no quiere decir que no tienen valor.

“No me parece razonable que cualquiera pueda simplemente pisotear esas patentes” y utilizar las invenciones de Raytheon sin indemnizar a la empresa, aunque la empresa esté o no usando esas patentes en ese momento, opinó Haffner.

A menudo las empresas dedican tiempo y dinero para intentar determinar si la utilización de sus derechos de autor o marcas de comercio por parte de otros consiste en un uso legítimo, en particular si un posible infractor emplea la designación comercial con propósitos poco deseados o parodias. Como hoy en día todo pasa por Internet, cualquier carta de “cese y desista” enviada al autor de la parodia de una marca seguramente será publicada, lo que significa que la identidad de la empresa también se dará a conocer.

“Además del coste, el tiempo y el esfuerzo empleados para asegurar la aplicación, las empresas deben considerar el aspecto publicitario puesto que pueden verse perjudicadas”, explicó Andrea Baum, asociada en Foley and Lardner en materia de marca de comercio, derechos de autor y publicidad.

El uso legítimo es el “aspecto más difícil e impredecible de las leyes sobre derechos de autor”, agregó Baum.

Además, con la llegada del tan popular contenido generado por los usuarios, con sitios como YouTube de Google, Facebook y varios otros que los usuarios usan como plataformas para poner en línea cualquier tipo de contenido, las empresas como Viacom están tratando constantemente de evitar que en dichos sitios se use su material protegido por derechos de autor sin permiso. Dichas empresas quieren poder controlar de manera más estricta la forma en que se usan sus contenidos.

“Lo que nos impulsa es llamar la atención a través de nuestro sitio, presentar nuestro contenido como queremos hacérselo llegar a nuestros consumidores”, afirmó Stanley Pierre-Louis, abogado general de Viacom.

Sin embargo, otras empresas dicen que podrían cerrar los ojos ante las partes que pueden violar los derechos siempre y cuando dichas partes estén promocionando su marca de manera positiva.

A título de ejemplo, Labatt Brewing Company, propiedad de InBev y segunda cervecería más grande de Canada, hicieron mensajes publicitarios sobre cervezas en 1988 que están cobrando vida por segunda o tercera vez a través del sitio de videos en línea YouTube.

“Es genial dado que se vuelve viral mucho tiempo después de que lo hayamos pagado, mucho después de que hayamos obtenido el beneficio comercial. Para nosotros se trata de una comercialización gratis”, comentó Keith Hunt, consejero jurídico en Labatt.

“No lo impedimos, no lo promocionamos –seguro que me entiende– pero es una forma de obtener algo de todas maneras”, agregó Hunt.

Traducido del inglés por Analín Pedroni

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